viernes, 16 de agosto de 2013

LOS NIÑOS FEOS DE HOLLYWOOD




Por: Emilio Salao Sterckx

“Has visto alguna vez algo que da tanto miedo que se lo quieres mostrar a alguien más”
The Ring (2005)
¿Qué es lo ominoso? Según Freud es aquello que siendo cotidiano y reconocible desde un lugar objetivo, torna violentamente en algo indecible, inexplicable debido a que en nuestra percepción encontramos algo que está fuera de lugar, lo que nos lleva a la angustia y desesperación.  

Hoy en día lo ominoso o terrorífico es también parte de un mercado, de una explotación mediática y un generador de ganancias en el mundo del entretenimiento. Es así que podemos disfrutar de lo ominoso en algunos espacios, como el cine. 

Sin embargo como el cine es ficción, muchos estamos habituados a no tomarlo en serio, por lo  que una vez que aparecen los créditos desechamos la película de nuestra realidad, como el papel de un caramelo.  Muy pocas veces nos preguntamos por qué elegimos ver una película tensionante como Saw (y todas sus secuelas) en lugar de una relajada comedia con Adam Sandler. 

Para que una película de terror nos haga saltar de la butaca, echando el canguil por los suelos debe, como diría Freud, estar presente en lo cotidiano. Tal vez las últimas tendencias en el cine podrían darnos pistas sobre algunas preocupaciones cotidianas. Por ejemplo, desde la última década ha proliferado  en el séptimo arte la aparición continua y taquillera de niños siniestros, niños que portan algo oscuro, poderoso y que logra espantar a los adultos. 

El filósofo esloveno Slavoj  Žižek, calificado como un pensador “pop” según quienes solo han leído su artículo sobre el Kinder Huevo, considera al cine, desde la categoría de  ciberespacio, como algo de suma importancia para la construcción social. Según Žižek, el cine es esencial para acercarnos a nuestra cultura y todo lo que la atraviesa en el sentido de que la producción cinematográfica puede hacernos considerar, desde la ficción, algunas cosas que no estamos dispuestos a pensar desde nuestra realidad cotidiana. 

“El sujeto es incapaz por definición de asumir su propia fantasía fundamental, de reconocerse en ella en un acto de habla, pero tal vez el ciberespacio abra un dominio donde el sujeto pueda exteriorizar/escenificar su fantasía fundamental…”[1]
Sin asumir dicho planteamiento al pie de la letra, podemos apostarle a esta idea y considerar que el cine algo puede decir de nuestra cultura. Nos preguntamos entonces qué pueden reflejar estos niños siniestros acerca de nosotros.

Los niños feos de Hollywood los podemos encontrar en películas  como Ringu (1998)  film japonés con su conocida versión americana The Ring, con Naomi Watts (2002), Caso 39 (2009) con Renée Zellweger, o La Huérfana de Jaume Collet-Serra (2009), entre otras. 

En estas películas los niños comparten una característica en común: poseen un poder que amenaza y destruye la  vida psíquica y social del adulto, donde los niños son aparentemente omnipotentes. Por efecto, los adultos de estás películas se muestran horrorizados, desbordados  y ahogados en la impotencia por estos niños, a quienes no entienden.

Por ejemplo Caso 39, película que trata sobre Emily, una trabajadora social que interviene en una familia donde los padres tratan de asesinar a su hija, Lilith. Emily conmovida, rescata a esta niña y se la lleva con ella, mientras la institución busca un nuevo hogar para la desventurada Lilith. Durante este tiempo la protagonista trata de construir una relación materna con esta niña, pero fracasa, ya que Lilith resulta ser la encarnación de un mal sin límites. Es así que esta  niña pasa de representar la oportunidad de una construcción afectiva a una verdadera amenaza al universo simbólico de Emily. Al final, la protagonista no encuentra otra solución más que la muerte de Lilith. 

La falta de límites en Lilith, aquella sensación del niño todopoderoso y esa pérdida de poder del adulto me recuerdan a ciertas expresiones escuchadas en varias comunidades con las que trabajo. Al ser tan repetitivas pueden parecer ya irrelevantes, meras reacciones a un mundo cambiante, pero  tal vez hay que detenerse a escucharlas mejor. Me refiero a esas frases trilladas como “Los niños solo entienden de sus derechos y no de sus obligaciones”, “los hijos mandan sobre nosotros”, “No nos hacen caso”, “No hay como decirles NO

Estas frases evocadas por madres y padres de familia, nos hacen preguntarnos ¿Por qué una familia diría con tanta firmeza que los hijos conocen sus derechos, pero ignoran sus límites? Las respuestas reflejan, muchas veces, un sentimiento de impotencia frente al incontrolable comportamiento de sus niños. Esta impotencia surge del no poder corregirles, no poder hablarles, no poder prohibirles y no poder castigarles (físicamente). Incluso cuando algunas familias recurren a la violencia, al parecer tampoco así logran mucho.  Por otro lado, algunas de estas madres y padres se sienten limitados a decir NO, ya que piensan que sus hijos serían desdichados ante la negación. 

La psicoanalista Catherine Mathelin, nos dice en su libro Clínica Psicoanalítica con Niños, que esta supuesta omnipotencia de la que gozan los niños podría ser otra forma de impotencia, donde justamente los límites se les han negado y donde la responsabilidad de la familia también ha sido coartada. Ciertamente hoy en día hay una nueva búsqueda del lugar de la madre y el padre, búsqueda donde es muy posible perderse. Tal vez podríamos sospechar de un posible origen de esta crisis en otras frases que los padres dicen: “Quise darle a mi hijo lo que yo no tuve en mi infancia”. Muchos adultos nos relatan una niñez llena de carencias económicas, carencias afectivas y ausencias jurídicas que daban carta abierta a que sean objeto de toda forma de violencia.  

Aquellos niños han crecido y son padres el día de hoy, padres que niegan la  carencia a sus hijos, ya que escuchar el NO a ellos  los hizo desdichados. Hay un olvido del valor constituyente que el NO tiene en la vida, como un límite indispensable para sobrevivir a frustraciones aún más grandes. 

Existe un miedo al retorno de esas carencias pasadas. Sin embargo, la falta nos invade nuevamente con el vacío en el estómago y el pecho. En el presente encontramos la chispa que enciende el miedo a nuestra historia, pues hoy nos damos cuenta que no todo es posible, que no podemos darlo todo, pero para evitarnos el malestar que conlleva el reconocerlo, fantaseamos una escena en la que  nuestros niños son más felices, donde están mejor de lo que estuvimos nosotros.

Ahora bien, no se trata de colocar el peso de esa responsabilidad únicamente sobre las familias, ya que otra institución determinante en este proceso es El Estado. Si consideramos los cambios de la política pública a favor de la niñez, la creación y reconfiguración de instituciones públicas, podríamos tal vez pensar que el estado ha tomado algunas responsabilidades sobre los niños, las cuáles desde una ideología de darlo todo, impide reconocer que existe un límite, generando así la ilusión de que todo es posible en un paraíso jurídico y un paraíso de consumo.

El Estado a través del gobierno también tiene una historia, ya que la dirección política actual se inaugura y afirma en el fracaso de administraciones anteriores, donde el Gobierno era un padre que daba poco o nada a sus hijos. En el presente este padre quiere darlo todo, cueste lo que cueste.

La familia responde a este contexto político e ideológico ocupando  un lugar de demanda, ya que la responsabilidad en la función materna y paterna está ahora a cargo del Estado. La respuesta inmediata a una ideología de darlo todo es una ideología de recibirlo todo. Es entonces ese Estado el que “me da haciendo” la educación, la salud y la profesión de los hijos.

Los niños, receptores finales de esta construcción social, tal vez nos están diciendo que algo de este sistema no los hace felices. Nos lo dicen con sus síntomas, con aquellos problemas de comportamiento, que ahora fácilmente se los diagnostica como: hiperactividad, bullying,   retraso escolar y precocidad sexual. Estas señales nos hablan sobre la ausencia de límites en el cuerpo, el espacio social y el mundo de los afectos.

Los niños manifiestan su objeción en la realidad, lo que resulta ser un trago amargo y tal vez los niños feos de Hollywood nos permiten vivir, en la fantasía, el miedo inaceptable que tenemos a nuestra realidad, una realidad donde los hijos no son tan felices, donde la promesa del bienestar soberano no logra frenar la violencia, que en todas sus formas aún existe en contra de ellos. Finalmente, dejamos caer sobre sus espaldas el peso de nuestras propias infancias, repitiendo nuevamente la historia, que inevitablemente vuelve a tocar la puerta.



[1] Žižek, Slavoj (2006). Lacrimae Rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio. Buenos Aires. Editorial Debate. Pp 283.

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