Por: Emilio Salao Sterckx
“Has visto alguna vez algo que da tanto miedo que se lo quieres mostrar a alguien más”
The Ring (2005)
¿Qué es lo ominoso? Según Freud
es aquello que siendo cotidiano y reconocible desde un lugar objetivo, torna
violentamente en algo indecible, inexplicable debido a que en nuestra
percepción encontramos algo que está fuera de lugar, lo que nos lleva a la
angustia y desesperación.
Hoy en día lo ominoso o
terrorífico es también parte de un mercado, de una explotación mediática y un
generador de ganancias en el mundo del entretenimiento. Es así que podemos
disfrutar de lo ominoso en algunos espacios, como el cine.
Sin embargo como el cine es
ficción, muchos estamos habituados a no tomarlo en serio, por lo que una vez que aparecen los créditos
desechamos la película de nuestra realidad, como el papel de un caramelo. Muy pocas veces nos preguntamos por qué
elegimos ver una película tensionante como Saw
(y todas sus secuelas) en lugar de una relajada comedia con Adam Sandler.
Para que una película de terror
nos haga saltar de la butaca, echando el canguil por los suelos debe, como
diría Freud, estar presente en lo cotidiano. Tal vez las últimas tendencias en el
cine podrían darnos pistas sobre algunas preocupaciones cotidianas. Por
ejemplo, desde la última década ha proliferado en el séptimo arte la aparición continua y
taquillera de niños siniestros, niños que portan algo oscuro, poderoso y que
logra espantar a los adultos.
El filósofo esloveno Slavoj Žižek, calificado como un pensador “pop”
según quienes solo han leído su artículo sobre el Kinder Huevo, considera al cine, desde la categoría de ciberespacio, como algo de suma importancia
para la construcción social. Según Žižek,
el cine es esencial para acercarnos a nuestra cultura y todo lo que la
atraviesa en el sentido de que la producción cinematográfica puede hacernos
considerar, desde la ficción, algunas cosas que no estamos dispuestos a pensar desde
nuestra realidad cotidiana.
“El sujeto es incapaz por
definición de asumir su propia fantasía fundamental, de reconocerse en ella en
un acto de habla, pero tal vez el ciberespacio abra un dominio donde el sujeto
pueda exteriorizar/escenificar su fantasía fundamental…”[1]
Sin asumir dicho planteamiento al
pie de la letra, podemos apostarle a esta idea y considerar que el cine algo
puede decir de nuestra cultura. Nos preguntamos entonces qué pueden reflejar
estos niños siniestros acerca de nosotros.
Los niños feos de Hollywood los
podemos encontrar en películas como Ringu (1998) film japonés con su conocida versión
americana The Ring, con Naomi Watts
(2002), Caso 39 (2009) con Renée
Zellweger, o La Huérfana de Jaume
Collet-Serra (2009), entre otras.
En estas películas los niños comparten
una característica en común: poseen un poder que amenaza y destruye la vida psíquica y social del adulto, donde los
niños son aparentemente omnipotentes. Por efecto, los adultos de estás
películas se muestran horrorizados, desbordados y ahogados en la impotencia por estos niños, a
quienes no entienden.
Por ejemplo Caso 39, película que
trata sobre Emily, una trabajadora social que interviene en una familia donde
los padres tratan de asesinar a su hija, Lilith. Emily conmovida, rescata a
esta niña y se la lleva con ella, mientras la institución busca un nuevo hogar
para la desventurada Lilith. Durante este tiempo la protagonista trata de
construir una relación materna con esta niña, pero fracasa, ya que Lilith
resulta ser la encarnación de un mal sin
límites. Es así que esta niña pasa
de representar la oportunidad de una construcción afectiva a una verdadera
amenaza al universo simbólico de Emily. Al final, la protagonista no encuentra
otra solución más que la muerte de Lilith.
La falta de límites en Lilith,
aquella sensación del niño todopoderoso y esa pérdida de poder del adulto me
recuerdan a ciertas expresiones escuchadas en varias comunidades con las que
trabajo. Al ser tan repetitivas pueden parecer ya irrelevantes, meras
reacciones a un mundo cambiante, pero tal vez hay que detenerse a escucharlas mejor.
Me refiero a esas frases trilladas como “Los
niños solo entienden de sus derechos y no de sus obligaciones”, “los hijos mandan sobre nosotros”, “No nos hacen caso”, “No hay como decirles NO”
Estas frases evocadas por madres
y padres de familia, nos hacen preguntarnos ¿Por qué una familia diría con
tanta firmeza que los hijos conocen sus derechos, pero ignoran sus límites? Las
respuestas reflejan, muchas veces, un sentimiento de impotencia frente al incontrolable
comportamiento de sus niños. Esta impotencia surge del no poder corregirles, no
poder hablarles, no poder
prohibirles y no poder castigarles
(físicamente). Incluso cuando algunas familias recurren a la violencia, al
parecer tampoco así logran mucho. Por
otro lado, algunas de estas madres y padres se sienten limitados a decir NO, ya
que piensan que sus hijos serían
desdichados ante la negación.
La psicoanalista Catherine
Mathelin, nos dice en su libro Clínica
Psicoanalítica con Niños, que esta supuesta omnipotencia de la que gozan los niños podría ser otra forma de impotencia,
donde justamente los límites se les han negado y donde la responsabilidad de la
familia también ha sido coartada. Ciertamente hoy en día hay una nueva búsqueda
del lugar de la madre y el padre, búsqueda donde es muy posible perderse. Tal
vez podríamos sospechar de un posible origen de esta crisis en otras frases que
los padres dicen: “Quise darle a mi hijo
lo que yo no tuve en mi infancia”. Muchos adultos nos relatan una niñez
llena de carencias económicas, carencias afectivas y ausencias jurídicas que
daban carta abierta a que sean objeto de toda forma de violencia.
Aquellos niños han crecido y son
padres el día de hoy, padres que niegan la
carencia a sus hijos, ya que escuchar el NO a ellos los hizo desdichados. Hay un olvido del valor
constituyente que el NO tiene en la vida, como un límite indispensable para
sobrevivir a frustraciones aún más grandes.
Existe un miedo al retorno de
esas carencias pasadas. Sin embargo, la falta nos invade nuevamente con el
vacío en el estómago y el pecho. En el presente encontramos la chispa que
enciende el miedo a nuestra historia, pues hoy nos damos cuenta que no todo es
posible, que no podemos darlo todo, pero para evitarnos el malestar que conlleva
el reconocerlo, fantaseamos una escena en la que nuestros niños son más felices, donde están
mejor de lo que estuvimos nosotros.
Ahora bien, no se trata de
colocar el peso de esa responsabilidad únicamente sobre las familias, ya que
otra institución determinante en este proceso es El Estado. Si consideramos los cambios de la política pública a
favor de la niñez, la creación y reconfiguración de instituciones públicas,
podríamos tal vez pensar que el estado ha tomado algunas responsabilidades
sobre los niños, las cuáles desde una ideología de darlo todo, impide reconocer que existe un límite, generando así la
ilusión de que todo es posible en un paraíso jurídico y un paraíso de consumo.
El Estado a través del gobierno
también tiene una historia, ya que la dirección política actual se inaugura y
afirma en el fracaso de administraciones anteriores, donde el Gobierno era un
padre que daba poco o nada a sus hijos. En el presente este padre quiere darlo
todo, cueste lo que cueste.
La familia responde a este contexto
político e ideológico ocupando un lugar
de demanda, ya que la responsabilidad en la función materna y paterna está ahora
a cargo del Estado. La respuesta inmediata a una ideología de darlo todo es una ideología de recibirlo todo. Es entonces ese Estado
el que “me da haciendo” la educación,
la salud y la profesión de los hijos.
Los niños, receptores finales de
esta construcción social, tal vez nos están diciendo que algo de este sistema no
los hace felices. Nos lo dicen con sus síntomas, con aquellos problemas de
comportamiento, que ahora fácilmente se los diagnostica como: hiperactividad, bullying,
retraso
escolar y precocidad sexual. Estas señales nos hablan sobre la ausencia de
límites en el cuerpo, el espacio social y el mundo de los afectos.
Los niños manifiestan su objeción
en la realidad, lo que resulta ser un trago amargo y tal vez los niños feos de
Hollywood nos permiten vivir, en la fantasía, el miedo inaceptable que tenemos
a nuestra realidad, una realidad donde los hijos no son tan felices, donde la
promesa del bienestar soberano no
logra frenar la violencia, que en todas sus formas aún existe en contra de
ellos. Finalmente, dejamos caer sobre sus espaldas el peso de nuestras propias
infancias, repitiendo nuevamente la historia, que inevitablemente vuelve a
tocar la puerta.
[1]
Žižek, Slavoj (2006). Lacrimae Rerum. Ensayos sobre cine moderno y
ciberespacio. Buenos Aires. Editorial Debate. Pp 283.
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