En junio se
conmemora a la niñez en el Ecuador y el mundo. Estas celebraciones intentan reconocer
a las niñas y niños a través d el agasajo, la ternura estereotipada, los
discursos elocuentes y la liberación de cierta culpa en los adultos. Sin
embargo, también podemos aprovechar un mes como este para pensar de manera más
crítica, la situación de la niñez y no quedarnos únicamente en la retórica de
una celebración, que es señal tanto del intento por su reconocimiento, como
también evidencia de su inequidad.
No existe una
perspectiva homogénea de ver a los niños. Por un lado, está la visión de los
adultos, quienes a partir de sus construcciones exponen condiciones de la
infancia para determinar la política pública a través del Estado y las
instituciones. Y por otro, la perspectiva de los niños, la cual está ubicada en
un segundo plano, sin ser escuchada seriamente.
Sin embargo,
hubo alguien, quien sí tomó en serio el lenguaje de los niños y su
sensibilidad. Su nombre fue Antoine de
Saint-Exupéry y su obra más conocida, El Principito.
Hace dos meses se
cumplió 71 años de su primera publicación. Su aporte no puede apreciarse únicamente
desde sus méritos literarios -que los tiene-, sino también desde otros espacios de la sociedad,
ya que El Principito se dirige, entre otros temas, a la niñez.
En la literatura,
la representación puede operar como reflejo de lo social en un momento
determinado, pero también puede actuar como un cuestionamiento. En el caso de El
Principito podría tomar el lugar de un anti
reflejo. No es una casualidad que en el año de su publicación, 1943, Europa
atravesaba una guerra donde se estima que murieron más de un millón y medio de
niños.
En ese mismo
momento, Saint-Exupéry también cumplía su papel en la segunda guerra mundial, pero
como piloto de las unidades de reconocimiento aliadas, cargo que desempeñó hasta
la llegada de la ocupación nazi en Francia.
Sin más remedio que la retirada, el autor tuvo que huir a los Estados
Unidos, país donde realizó la primera publicación de su libro.
Mucho antes de
El Principito, las artes plásticas ya habían retratado una forma de mirar a la
niñez. Uno de sus más representativos exponentes es el pintor holandés Gabriël Metsu
y su conocido oleo Het Zieke Kind (1664 - 1666)[1],
que ilustra la situación y la concepción colectiva del niño en la Europa del renacimiento.
Metsu plasma un concepto del niño desde su fragilidad e invalidez, invocando la
compasión y caridad del adulto.
En la literatura
también sucedió algo parecido, por ejemplo, en los cuentos infantiles. Sus
referentes por antonomasia son Charles Perrault[2]
en el siglo XVII y un siglo más tarde los hermanos Grimm[3],
quienes ilustran la apreciación sobre los niños en la cultura popular. Los
cuentos, de Perrault, especialmente, reflejaban a niños vulnerables ante las
amenazas, imposibilitados de una abstracción sobre el mundo, ignorantes en la moral
y en una deuda impagable con el adulto. El niño era un objeto dependiente, el
cual debía ser formado y educado.
Más adelante, en
el siglo XIX, la forma de ver a la niñez no sufrió demasiados cambios. En
narrativas como Oliver Twist de Charles Dickens[4]
(primera obra literaria inglesa que coloca a un niño como protagonista), las
niñas y los niños pasan de ser un objeto dependiente a un instrumento de
denuncia, pues sirven como utensilio literario para ilustrar la injusticia,
inmoralidad e inequidad. El niño, sin embargo, sigue manteniéndose en ese lugar
de objeto por proteger, pues la palabra de Oliver no puede ser reconocida en la
toma de decisiones de los adultos.
El Principito
llega a nuestro mundo en el siglo XX, y la mejor manera de reconocer sus aportes
es recorriendo algunos de sus pasajes, los cuales nos invitan a reflexionar y
que, además, nos resultan encantadores.
Al abrir su
portada y arrancar con la lectura nos damos cuenta que es una de las primeras
obras donde el niño no es un enfermo ni un objeto por proteger, tampoco es una herramienta
literaria que termina por reforzar el prejuicio de su invalidez. El niño ocupa
otro lugar: uno de mayor injerencia y perspicacia. Desde el inicio esto queda
bastante claro.
Miré pues, con gran asombro, esa aparición. No
olviden que estaba a mil millas de toda región habitada. Y, sin embargo, el
muchachito no parecía extraviado, ni muerto de cansancio, ni muerto de hambre,
ni muerto de sed, ni muerto de miedo (Saint – Exupéry. 1943. Pp. 10)
El narrador muestra su asombro,
su estado de contemplación ante un niño hermoso, un niño que puede enfrentar al
desierto de la existencia, que no teme, que no está perdido y que está de pie
ante el sufrimiento.
La presentación del Principito
deshace el prejuicio del niño inválido y dependiente del adulto, partiendo de
su imagen para luego afirmarla con su voz. Al hablar acentúa su lugar de
reivindicación y la apropiación de su deseo: “hazme un corderito”, es lo que
primero demanda el Principito.
Este punto resulta remarcable para
los psicólogos de Fundación IPC: Investigación, Psicología y Comunidad, en
alianza con Fundación Telefónica Ecuador[5], ya
que desde nuestra labor, los niños manifiestan sus propias demandas. Este hecho
se contrapone a las afirmaciones de otros psicólogos, quienes sostienen que los
niños no pueden demandar por sí solos. Son ellos, en muchas ocasiones, quienes
llegan a nuestros espacios a solicitar un lugar de escucha, con algo muy claro
para decir: son ellos, quienes con sus propios pasos, tocan nuestra puerta.
Pero los niños no solo
demandan, pueden construir una postura
más crítica sobre el mundo de los adultos. Saint-Exupéry expone aquello que en
nuestro léxico cotidiano llamamos “voltear la tortilla”, pues coloca al revés el lugar de la indulgencia, ya que la
paciencia está clásicamente dirigida del adulto hacia el niño. En este caso,
por el contrario, el autor pide a los
niños ser pacientes con los adultos puesto que solo hacen preguntas impertinentes,
reducidas a temas cuantitativos o nominales, quienes no toman en cuenta la pregunta por lo invisible y los detalles.
Esta idea se fortalece cuando el
Principito llega a un planeta habitado por un hombre de negocios, quien solo se
preocupa por contar las estrellas que cree poseer, sin siquiera prestar
atención a su belleza. El Principito cuestiona al hombre de negocios por lo
poco que aprecia a sus estrellas. (Saint-Exupéry. 1943. Pp. 45)
Esta observación nos hace pensar
en ciertos temas clínicos, tanto individual como grupal: definitivamente los
detalles esconden los secretos del discurso, indican las coordenadas y el lugar
de quien habla, como también las propiedades particulares de sus palabras. Tal
vez con estas figuras literarias Saint-Exupéry nos permite retomar una vieja interrogante,
¿Por qué para muchos niños la educación resulta un pesar? Y no solamente por el
encuentro con las reglas, los números y las tareas, sino por aquello que pasa
desapercibido, pues ciertas cosas de los niños no tienen lugar en una lógica de
mallas curriculares, resultados y evaluaciones formales.
Por ejemplo, un niño alguna vez
remitido al psicólogo por su escandalosa resistencia a las divisiones
matemáticas, no habla de matemáticas en sesión, sino de su sufrimiento al ver a
sus padres separados. La división de su familia le resulta dolorosamente
incomprensible. Por el momento él no quiere saber nada de divisiones. No
necesita que le expliquen cómo funciona una operación aritmética, sino que sus
padres le hablen de lo que sucede entre ellos.
Una vez que este niño nos ha preparado
para mirar lo invisible y considerar lo particular, nos lleva a otro capítulo:
al encuentro entre El Principito y El zorro,
momento donde podemos detenernos muchas veces, extraer tantas ideas, como
también simplemente dejarnos llevar:
-¿Qué
significa domesticar?
-
Es algo ya muy olvidado – dijo el zorro -. Significa “crear vínculos”
(Saint-Exupéry. 1943. Pp. 67)
En esta conversación la obra trata
varios temas, entre ellos la soledad y la amistad. El zorro está solo al igual
que el Principito, pero ellos pueden encontrarse para crear un vínculo, con
paciencia, sin apuros, tomándose el tiempo para construirlo. El zorro pide ser
domesticado para que aquello que carece de sentido adquiera, paulatinamente, un
cierto valor.
En el libro el vínculo es una
puerta al conocimiento. El zorro coloca al conocimiento como efecto de ese
vínculo. Sin él, el conocimiento es inalcanzable.
“Lo más importante es invisible
a los ojos”, dice el zorro. Esta afirmación es tal vez una forma de indicar que
el mundo no se define por sus características sino por lo intangible, por
símbolos, por afectos y emociones. Por ejemplo, el trigal donde vive el zorro
no representa nada para él, hasta que en su color puede recordar el cabello
dorado del Principito.
El zorro es finalmente domesticado,
pero el Principito debe irse:
-¡Entonces no has
ganado nada! – dijo el Principito
- Claro que sí – dijo
el zorro – he ganado el color del trigo. (Saint-Exupéry. 1943. Pp. 70)
Una vez más, un niño en el
diálogo con otro puede pensar sobre la condición humana. Este momento de la
narración eleva el universo de lo intangible, cuestiona también el prejuicio
respecto a las capacidades intelectuales de los niños, donde se cree que un
niño es incapaz de abstraer conceptos complejos. El capítulo del zorro dejar
ver que no solo son capaces de entender sino de crear una forma de ver su
realidad.
El Principito muestra un niño capaz
de llevar una conversación sustanciosa, sin la necesidad de ser infantilizado, ya
que paradójicamente con palabras simples puede hablar de algo muy complejo.
Pero la interrogación también alcanza un sentido más amplio, puesto que
cuestiona a la misma intelectualidad, ya que no la separa del mundo de los
afectos ni la reduce a un término cognitivo o pedagógico.
En el campo educativo y
psicológico, sucede habitualmente, que el conocimiento y el desarrollo son
generalmente tratados como esferas quirúrgicamente separables, llevando a una noción
organicista del niño, como si aquello que le sucede a un niño “que no aprende”
debe ser reparado por partes, separado de su ser, reduciéndolo a un problema
mecánico.
Saint-Exupéry hace el intento de
invocar al niño desde su totalidad, donde el amor llega a ser un destino
necesario. El amor no es sentimiento puro, es un ejercicio simultáneo entre el
afecto y el intelecto, donde la emotividad no es pura movilización de pulsiones,
ni el intelecto mera racionalización.
El amor es en el Principito ese
otro paso, que va más allá del conocimiento, puesto que permite reconocer que
cada objeto es único:
Las
rosas se sintieron molestas.
Ustedes
son bellas, pero están vacías –dijo el Principito.
Nadie
querría morir por ustedes. Por supuesto que cualquiera al pasar podría creer
que mi rosa se les parece, pero ella sola es más importante que todas ustedes
juntas, porque fue a ella a quien regué. Fue a ella quien puse bajo un fanal y
a quien protegí detrás de un biombo. Porque por ella eliminé las orugas (salvo
dos o tres por lo de las mariposas), y es a ella a quien escuché quejarse o
vanagloriarse o incluso, a veces, callarse. Porque es mi rosa. (Saint-Exupery.
1943. Pp. 72)
En esta novela corta es
inevitable sentir que el final llega muy pronto, sobre todo porque el
inquietante deseo del Principito de ser picado por la serpiente, da aviso a que
la conclusión se aproxima.
Es justamente ahí donde se
aborda el tema más complejo de la humanidad: la muerte. El lugar del narrador
es mucho más receptivo respecto al resto de la obra, y la transmisión es más acentuada
en el protagonista.
El niño habla de la muerte sin
temor, pero con una amplia comprensión sobre la diferencia entre la muerte real
y la muerte simbólica. “Parecerá que me duele… Parecerá como si muriera.” Su
promesa indica que su ausencia física no
implica su desaparición, del todo. Él seguirá vivo en las estrellas. A su
manera el Principito se refiere a la trascendencia, donde los vínculos no mueren,
ya que se construyeron en lo intangible, más allá del cuerpo.
- Y cuando te hayas consolado
(uno siempre se consuela), estarás contento de haberme conocido. Siempre serás
mi amigo, tendrás ganas de reír conmigo. A veces abrirás tu ventana, así, solo
por gusto… Y tus amigos se sorprenderán de verte reír al mirar el cielo. Les dirás:
¡Sí, las estrellas siempre me hacen reír! Creerán que estás loco. Y yo te habré
jugado una mala pasada… (Saint-Exupéry. 1943. Pp. 88)
¿No son estas palabras una
importante contribución para todos nosotros? No es una coincidencia que la
muerte y la sexualidad han sido para los adultos los temas más difíciles de
tratar con sus hijos. En el clímax de la obra, El Principito demuestra que un
niño es valiente y curioso para escuchar y hablar de aquello que un adulto no
encuentra las palabras. Los niños miran lo que se quiere ocultar, a veces hasta
clandestinamente por la cerradura de una puerta. Es así que descubren el acto
sexual, los secretos de su origen y los silencios de su familia.
Los niños pueden construir una
representación de la vida y la muerte, de la presencia y la ausencia, del amor
y la nostalgia. En otras palabras, el mundo de afuera toma color y forma en su
mundo interior.
Antes de concluir, es importante
retomar algo de la vida de su autor. En 1944 Saint- Exupéry sobrevolaba el mar
mediterráneo en una misión militar, cerca de las costas de Marsella. Su avión
fue abatido por una nave alemana, llevándolo a su muerte. Apenas había pasado un
poco más de un año desde la primera publicación de El Principito. Podríamos
pensar que su obra fue la manera de inmortalizarse, su estrella en el
firmamento. Nos dejó algo para recordarlo, para representarse y para hacer
nuestra propia lectura… las que queramos.
A sus 71 años, El Principito es
una obra clásica de la literatura. Su presencia en las escuelas, colegios, universidades, en el campo profesional, como
también en los momentos del ocio, señala aún su vigencia. Estamos convencidos
que cualquier día es el mejor momento para hablar de los niños, pero en estas
fechas donde conviene no solo celebrar, sino también pensar, tal vez el
Principito nos enseña algo más.
[1] Consultado en https://www.rijksmuseum.nl/nl/collectie/SK-A-3059
el 16 de mayo del 2014.
[2] Charles Perrault. Cuentos de
Perrault. Buenos Aires. Anaya. 2010.
[3]Jacob y Wilhelm Grimmm. Cuentos.
Alianza Editorial. Barcelona. 2004.
[4] Charles Dickens. Oliver Twist.
Editorial AndresBello.Santiago de Chile. 1984
[5]Atención Psicológica es un proyecto de
Fundación IPC y Fundación Telefónica, el cual acompaña a niñas, niños,
adolescentes y a sus familias en el área afectiva y emocional, a través del
componente psicológico. El proyecto se desarrolla en Esmeraldas, Guayas,
Chimborazo, Santo Domingo de los Tsáchilas, Azuay, Pichincha y las parroquias
del Noroccidente de Quito, desde el 2006.


