lunes, 2 de junio de 2014

El Principito, los niños y sus adultos

Por: Emilio Salao Sterckx


En junio se conmemora a la niñez en el Ecuador y el mundo. Estas celebraciones intentan reconocer a las niñas y niños a través del agasajo, la ternura estereotipada, los discursos elocuentes y la liberación de cierta culpa en los adultos. Sin embargo, también podemos aprovechar un mes como este para pensar de manera más crítica, la situación de la niñez y no quedarnos únicamente en la retórica de una celebración, que es señal tanto del intento por su reconocimiento, como también evidencia de su inequidad.

No existe una perspectiva homogénea de ver a los  niños. Por un lado, está la visión de los adultos, quienes a partir de sus construcciones exponen condiciones de la infancia para determinar la política pública a través del Estado y las instituciones. Y por otro, la perspectiva de los niños, la cual está ubicada en un segundo plano, sin ser escuchada seriamente.

Sin embargo, hubo alguien, quien sí tomó en serio el lenguaje de los niños y su sensibilidad.  Su nombre fue Antoine de Saint-Exupéry y su obra más conocida, El Principito.


Hace dos meses se cumplió 71 años de su primera publicación. Su aporte no puede apreciarse únicamente desde sus méritos literarios -que los tiene-, sino  también desde otros espacios de la sociedad, ya que El Principito se dirige, entre otros temas, a la niñez.

En la literatura, la representación puede operar como reflejo de lo social en un momento determinado, pero también puede actuar como un cuestionamiento. En el caso de El Principito podría tomar el lugar de un anti reflejo. No es una casualidad que en el año de su publicación, 1943, Europa atravesaba una guerra donde se estima que murieron más de un millón y medio de niños.

En ese mismo momento, Saint-Exupéry también cumplía su papel en la segunda guerra mundial, pero como piloto de las unidades de reconocimiento aliadas, cargo que desempeñó hasta la llegada de la ocupación nazi en Francia.  Sin más remedio que la retirada, el autor tuvo que huir a los Estados Unidos, país donde realizó la primera publicación de su libro.

Mucho antes de El Principito, las artes plásticas ya habían retratado una forma de mirar a la niñez. Uno de sus más representativos exponentes es el pintor holandés Gabriël Metsu y su conocido oleo Het Zieke Kind (1664 - 1666)[1], que ilustra la situación y la concepción colectiva del niño en la Europa del renacimiento. Metsu plasma un concepto del niño desde su fragilidad e invalidez, invocando la compasión y caridad del adulto.


En la literatura también sucedió algo parecido, por ejemplo, en los cuentos infantiles. Sus referentes por antonomasia son Charles Perrault[2] en el siglo XVII y un siglo más tarde los hermanos Grimm[3], quienes ilustran la apreciación sobre los niños en la cultura popular. Los cuentos, de Perrault, especialmente, reflejaban a niños vulnerables ante las amenazas, imposibilitados de una abstracción sobre el mundo, ignorantes en la moral y en una deuda impagable con el adulto. El niño era un objeto dependiente, el cual debía ser formado y educado.

Más adelante, en el siglo XIX, la forma de ver a la niñez no sufrió demasiados cambios. En narrativas como Oliver Twist de Charles Dickens[4] (primera obra literaria inglesa que coloca a un niño como protagonista), las niñas y los niños pasan de ser un objeto dependiente a un instrumento de denuncia, pues sirven como utensilio literario para ilustrar la injusticia, inmoralidad e inequidad. El niño, sin embargo, sigue manteniéndose en ese lugar de objeto por proteger, pues la palabra de Oliver no puede ser reconocida en la toma de decisiones de los adultos.

El Principito llega a nuestro mundo en el siglo XX, y la mejor manera de reconocer sus aportes es recorriendo algunos de sus pasajes, los cuales nos invitan a reflexionar y que, además, nos resultan encantadores.

Al abrir su portada y arrancar con la lectura nos damos cuenta que es una de las primeras obras donde el niño no es un enfermo ni un objeto por proteger, tampoco es una herramienta literaria que termina por reforzar el prejuicio de su invalidez. El niño ocupa otro lugar: uno de mayor injerencia y perspicacia. Desde el inicio esto queda bastante claro.

Miré pues, con gran asombro, esa aparición. No olviden que estaba a mil millas de toda región habitada. Y, sin embargo, el muchachito no parecía extraviado, ni muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo (Saint – Exupéry. 1943. Pp. 10)

El narrador muestra su asombro, su estado de contemplación ante un niño hermoso, un niño que puede enfrentar al desierto de la existencia, que no teme, que no está perdido y que está de pie ante el sufrimiento.

La presentación del Principito deshace el prejuicio del niño inválido y dependiente del adulto, partiendo de su imagen para luego afirmarla con su voz. Al hablar acentúa su lugar de reivindicación y la apropiación de su deseo: “hazme un corderito”, es lo que primero demanda el Principito.

Este punto resulta remarcable para los psicólogos de Fundación IPC: Investigación, Psicología y Comunidad, en alianza con Fundación Telefónica Ecuador[5], ya que desde nuestra labor, los niños manifiestan sus propias demandas. Este hecho se contrapone a las afirmaciones de otros psicólogos, quienes sostienen que los niños no pueden demandar por sí solos. Son ellos, en muchas ocasiones, quienes llegan a nuestros espacios a solicitar un lugar de escucha, con algo muy claro para decir: son ellos, quienes con sus propios pasos, tocan nuestra puerta.

Pero los niños no solo demandan,  pueden construir una postura más crítica sobre el mundo de los adultos. Saint-Exupéry expone aquello que en nuestro léxico cotidiano llamamos “voltear la tortilla”, pues coloca al revés  el lugar de la indulgencia, ya que la paciencia está clásicamente dirigida del adulto hacia el niño. En este caso, por el contrario,  el autor pide a los niños ser pacientes con los adultos puesto que solo hacen preguntas impertinentes, reducidas a temas cuantitativos o nominales, quienes no toman en cuenta  la pregunta por  lo invisible y los detalles.

Esta idea se fortalece cuando el Principito llega a un planeta habitado por un hombre de negocios, quien solo se preocupa por contar las estrellas que cree poseer, sin siquiera prestar atención a su belleza. El Principito cuestiona al hombre de negocios por lo poco que aprecia a sus estrellas. (Saint-Exupéry. 1943. Pp. 45)

Esta observación nos hace pensar en ciertos temas clínicos, tanto individual como grupal: definitivamente los detalles esconden los secretos del discurso, indican las coordenadas y el lugar de quien habla, como también las propiedades particulares de sus palabras. Tal vez con estas figuras literarias Saint-Exupéry nos permite retomar una vieja interrogante, ¿Por qué para muchos niños la educación resulta un pesar? Y no solamente por el encuentro con las reglas, los números y las tareas, sino por aquello que pasa desapercibido, pues ciertas cosas de los niños no tienen lugar en una lógica de mallas curriculares, resultados y evaluaciones formales.

Por ejemplo, un niño alguna vez remitido al psicólogo por su escandalosa resistencia a las divisiones matemáticas, no habla de matemáticas en sesión, sino de su sufrimiento al ver a sus padres separados. La división de su familia le resulta dolorosamente incomprensible. Por el momento él no quiere saber nada de divisiones. No necesita que le expliquen cómo funciona una operación aritmética, sino que sus padres le hablen de lo que sucede entre ellos.

Una vez que este niño nos ha preparado para mirar lo invisible y considerar lo particular, nos lleva a otro capítulo: al  encuentro entre El Principito y El zorro, momento donde podemos detenernos muchas veces, extraer tantas ideas, como también simplemente dejarnos llevar:
-¿Qué significa domesticar?
- Es algo ya muy olvidado – dijo el zorro -. Significa “crear vínculos” (Saint-Exupéry. 1943. Pp. 67)



En esta conversación la obra trata varios temas, entre ellos la soledad y la amistad. El zorro está solo al igual que el Principito, pero ellos pueden encontrarse para crear un vínculo, con paciencia, sin apuros, tomándose el tiempo para construirlo. El zorro pide ser domesticado para que aquello que carece de sentido adquiera, paulatinamente, un cierto valor.

En el libro el vínculo es una puerta al conocimiento. El zorro coloca al conocimiento como efecto de ese vínculo. Sin él, el conocimiento es inalcanzable.

“Lo más importante es invisible a los ojos”, dice el zorro. Esta afirmación es tal vez una forma de indicar que el mundo no se define por sus características sino por lo intangible, por símbolos, por afectos y emociones. Por ejemplo, el trigal donde vive el zorro no representa nada para él, hasta que en su color puede recordar el cabello dorado del Principito.

El zorro es finalmente domesticado, pero el Principito debe irse:

-¡Entonces no has ganado nada! – dijo el Principito
- Claro que sí – dijo el zorro – he ganado el color del trigo. (Saint-Exupéry. 1943. Pp. 70)

Una vez más, un niño en el diálogo con otro puede pensar sobre la condición humana. Este momento de la narración eleva el universo de lo intangible, cuestiona también el prejuicio respecto a las capacidades intelectuales de los niños, donde se cree que un niño es incapaz de abstraer conceptos complejos. El capítulo del zorro dejar ver que no solo son capaces de entender sino de crear una forma de ver su realidad.

El Principito muestra un niño capaz de llevar una conversación sustanciosa, sin la necesidad de ser infantilizado, ya que paradójicamente con palabras simples puede hablar de algo muy complejo. Pero la interrogación también alcanza un sentido más amplio, puesto que cuestiona a la misma intelectualidad, ya que no la separa del mundo de los afectos ni la reduce a un término cognitivo o pedagógico.

En el campo educativo y psicológico, sucede habitualmente, que el conocimiento y el desarrollo son generalmente tratados como esferas quirúrgicamente separables, llevando a una noción organicista del niño, como si aquello que le sucede a un niño “que no aprende” debe ser reparado por partes, separado de su ser, reduciéndolo a un problema mecánico.

Saint-Exupéry hace el intento de invocar al niño desde su totalidad, donde el amor llega a ser un destino necesario. El amor no es sentimiento puro, es un ejercicio simultáneo entre el afecto y el intelecto, donde la emotividad no es pura movilización de pulsiones, ni el intelecto mera racionalización.
El amor es en el Principito ese otro paso, que va más allá del conocimiento, puesto que permite reconocer que cada objeto es único:
Las rosas se sintieron molestas.
Ustedes son bellas, pero están vacías –dijo el Principito.
Nadie querría morir por ustedes. Por supuesto que cualquiera al pasar podría creer que mi rosa se les parece, pero ella sola es más importante que todas ustedes juntas, porque fue a ella a quien regué. Fue a ella quien puse bajo un fanal y a quien protegí detrás de un biombo. Porque por ella eliminé las orugas (salvo dos o tres por lo de las mariposas), y es a ella a quien escuché quejarse o vanagloriarse o incluso, a veces, callarse. Porque es mi rosa. (Saint-Exupery. 1943. Pp. 72)

En esta novela corta es inevitable sentir que el final llega muy pronto, sobre todo porque el inquietante deseo del Principito de ser picado por la serpiente, da aviso a que la conclusión se aproxima.
Es justamente ahí donde se aborda el tema más complejo de la humanidad: la muerte. El lugar del narrador es mucho más receptivo respecto al resto de la obra, y la transmisión es más acentuada en el protagonista.

El niño habla de la muerte sin temor, pero con una amplia comprensión sobre la diferencia entre la muerte real y la muerte simbólica. “Parecerá que me duele… Parecerá como si muriera.” Su promesa indica  que su ausencia física no implica su desaparición, del todo. Él seguirá vivo en las estrellas. A su manera el Principito se refiere a la trascendencia, donde los vínculos no mueren, ya que se construyeron en lo intangible, más allá del cuerpo.

- Y cuando te hayas consolado (uno siempre se consuela), estarás contento de haberme conocido. Siempre serás mi amigo, tendrás ganas de reír conmigo. A veces abrirás tu ventana, así, solo por gusto… Y tus amigos se sorprenderán de verte reír al mirar el cielo. Les dirás: ¡Sí, las estrellas siempre me hacen reír! Creerán que estás loco. Y yo te habré jugado una mala pasada… (Saint-Exupéry. 1943. Pp. 88)
¿No son estas palabras una importante contribución para todos nosotros? No es una coincidencia que la muerte y la sexualidad han sido para los adultos los temas más difíciles de tratar con sus hijos. En el clímax de la obra, El Principito demuestra que un niño es valiente y curioso para escuchar y hablar de aquello que un adulto no encuentra las palabras. Los niños miran lo que se quiere ocultar, a veces hasta clandestinamente por la cerradura de una puerta. Es así que descubren el acto sexual, los secretos de su origen y los silencios de su familia.

Los niños pueden construir una representación de la vida y la muerte, de la presencia y la ausencia, del amor y la nostalgia. En otras palabras, el mundo de afuera toma color y forma en su mundo interior.
Antes de concluir, es importante retomar algo de la vida de su autor. En 1944 Saint- Exupéry sobrevolaba el mar mediterráneo en una misión militar, cerca de las costas de Marsella. Su avión fue abatido por una nave alemana, llevándolo a su muerte. Apenas había pasado un poco más de un año desde la primera publicación de El Principito. Podríamos pensar que su obra fue la manera de inmortalizarse, su estrella en el firmamento. Nos dejó algo para recordarlo, para representarse y para hacer nuestra propia lectura… las que queramos.

A sus 71 años, El Principito es una obra clásica de la literatura. Su presencia en las escuelas, colegios,  universidades, en el campo profesional, como también en los momentos del ocio, señala aún su vigencia. Estamos convencidos que cualquier día es el mejor momento para hablar de los niños, pero en estas fechas donde conviene no solo celebrar, sino también pensar, tal vez el Principito nos enseña algo más.




[1] Consultado en https://www.rijksmuseum.nl/nl/collectie/SK-A-3059 el 16 de mayo del 2014.
[2] Charles Perrault. Cuentos de Perrault. Buenos Aires. Anaya. 2010.
[3]Jacob y Wilhelm Grimmm. Cuentos. Alianza Editorial. Barcelona. 2004.
[4] Charles Dickens. Oliver Twist. Editorial AndresBello.Santiago de Chile. 1984
[5]Atención Psicológica es un proyecto de Fundación IPC y Fundación Telefónica, el cual acompaña a niñas, niños, adolescentes y a sus familias en el área afectiva y emocional, a través del componente psicológico. El proyecto se desarrolla en Esmeraldas, Guayas, Chimborazo, Santo Domingo de los Tsáchilas, Azuay, Pichincha y las parroquias del Noroccidente de Quito, desde el 2006.

jueves, 13 de febrero de 2014

La búsqueda del recurso al interior del espacio psicológico



Por Alejandra Sarmiento B.

Publicado en: Revista Eugenio Espejo (REE), Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de Chimborazo (volumen 6, número 1, julio a diciembre del 2013)

Resumen: En este artículo abordaremos la temática del recurso psicológico que se usa al interior de un espacio de consulta individual, desde una perspectiva psicoanalítica dirigida a niños, niñas, adolescentes y sus familias participantes de la propuesta de erradicación progresiva del trabajo infantil, de Fundación Telefónica. En el texto se recurre a una experiencia específica en el trabajo individual con un niño kichwa hablante, para abrir el cuestionamiento acerca del uso de recursos psicológicos, que pueden plantearse desde el psicólogo o como veremos también, desde el paciente. Este trabajo se basa en un contexto institucional de Fundación Investigación Psicología y Comunidad (IPC), que realiza sus actividades en dos cantones de la Provincia de Chimborazo, con dos centros de atención psicológica que vienen funcionando desde el año 2011.
Palabras clave: Trabajo individual, Psicoanálisis, niños, recursos, kichwa.

Abstract: This article will bord the issue of psychological resource that is used within a single query space, from a psychoanalytic perspective to children, adolescents and their families participating in the proposed the progressive elimination of child labor, of Fundación Telefónica. The text uses a specific experience in individual work with a child Kichwa speaker to open the question about the use of psychological resources, which may arise from the psychologist or as we see, from the patient too. This work is based on an institutional context of Fundación Investigación, Psicología y Comunidad (IPC), which is active in two districts of the province of Chimborazo, with two counseling centers that have been operating since 2011.
Key Words: Individual work, Psychoanalysis, children, resources, kichwa.

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El presente escrito, es efecto de un trabajo realizado en el marco de investigación dentro del campo institucional, por parte de Fundación Investigación Psicología y comunidad (IPC) con su Proyecto de Atención Psicológica Proniño de Fundación Telefónica,  que desde el enfoque psicológico apoya  a la erradicación progresiva del trabajo infantil. Al estar presente en varias ciudades del Ecuador, Fundación IPC realiza esta labor a través de convenios con instituciones u organizaciones sociales, aliadas a Fundación Telefónica, las mismas que dirigen sus actividades y objetivos a la prevención y erradicación del trabajo infantil.

El trabajo conjunto con la Institución aliada, permite a IPC llegar a ciertas poblaciones vulnerables, para ofertar la propuesta psicológica. La base metodológica tiene una orientación psicoanalítica dirigida a la comunidad, la cual se constituye como una ética de trabajo que apunta al respeto de lo particular y de cada realidad, ya que cada grupo humano es distinto. Para ello se han creado varias propuestas de trabajo grupal e individual. Esta última corresponde al encuentro entre el psicólogo y el paciente en un espacio adecuado para esta finalidad. A continuación Expondremos una experiencia de trabajo psicológico con un niño, como un intento de plantear algunas interrogantes respecto al uso de los espacios de atención y los recursos psicológicos.

La Provincia de Chimborazo, ubicada en la zona central del pasillo interandino alberga la mayor cantidad de población indígena de la República del Ecuador. Fundación IPC al estar presente en esta provincia, ejecutando varias estrategias, se encuentra vinculado directa e indirectamente con comunidades indígenas kichwa hablantes. Desde IPC se reconoce la particularidad de cada grupo social con el que se trabaja en las diferentes ciudades donde estamos. La metodología, que parte de una base teórica específica, permite construir propuestas de trabajo con cada grupo, respetando así estas diferencias. En el camino recorrido, llegamos a encontrarnos con algunas comunidades indígenas y es indispensable, además de inevitable que frente a esto nos preguntemos, ¿Cómo construir una forma de trabajo psicológico en el espacio de atención individual, con una población de estas características?

Podemos decir que el espacio psicológico se fue construyendo como un lugar diferente donde el psicólogo, desde su función de escucha, apuntó a garantizar el respeto y confidencialidad para las personas que allí se presentan. El espacio psicológico en el que se origina la experiencia a relatar se encuentra en la ciudad de Riobamba, y el arreglo del lugar se realizó, tanto con la institución aliada como con un equipo técnico de psicólogos en formación de la Universidad Nacional de Chimborazo, quienes pertenecían a la Escuela de Psicología Clínica. Con el equipo se habla acerca de la estética del lugar, debatiendo la posibilidad de pintar un mural al interior del espacio. Conjuntamente se buscan diferentes conceptos, llegando al acuerdo de pintar algo propio de la provincia y se escoge un paisaje andino con el “Taita Chimborazo”, nevado que representa a la figura del padre para la cultura indígena, y que además resulta ser muy reconocido, debido a que la mayoría de los ecuatorianos lo identifican como un representante de la localidad.

Una vez culminado el mural, semanas después una de las psicólogas, en el espacio de supervisión individual[1]menciona que recibió a un niño acompañado de su padre, remitido por uno de los referentes de nuestra institución aliada. Se trata de Lenin, un niño de ocho años de edad, que migra con su familia desde una comunidad indígena de la provincia a la ciudad de Riobamba, debido a un problema de salud del padre. En el primer encuentro existe confusión tanto en la psicóloga como en Lenin y su padre, ya que no se evidencia claramente un motivo de consulta. La psicóloga explica además que a medida que transcurre la sesión solo se escucha la voz de José, el padre, mientras que Lenin guarda silencio. En un momento determinado, Lenin, dice algo a su padre en kichwa; de allí la psicóloga pregunta ¿Lenin, hablas español? El niño niega con la cabeza. ¿Cómo poder escuchar y hablar con un niño que se manifiesta en otro idioma?

Esto nos lleva a  considerar inicialmente que respecto al trabajo psicológico cada caso es único, y Lenin tal vez nos muestra que debemos considerar otros recursos para él. De ahí podemos extraer una primera reflexión: cada paciente utiliza el recurso a su manera, y el paciente puede plantear un nuevo recurso. Arminda Aberastury en su texto Teoría y Técnicas del psicoanálisis de niños, menciona que “El aspecto del consultorio debe ser por sí mismo la regla fundamental, sin que se explique al niño lo que debe hacer” (1984, pp. 92). Podríamos pensar entonces, que en ocasiones los recursos pueden estar a la vista del paciente, quien tiene la libertad de hacer uso de ellos.

Por narración de la psicóloga, se conoce que Lenin en tres sesiones consecutivas juega, pero no habla ni responde a las preguntas que se le realizan en español; dice algunas palabras en Kichwa y se ríe, situación que plantea la sugerencia del uso de un diccionario kichwa–español en las sesiones, que ayude a la escucha e intercambio verbal con el niño.
Resulta cada vez más evidente que para Lenin es preciso establecer pautas que posibiliten el trabajo psicológico, lo que nos conduce a una nueva interrogante ¿Quién establece el recurso, el psicólogo o el paciente? En este caso, en un principio el diccionario fue escogido por la psicóloga, sin embargo veremos a continuación que los pacientes también incorporan recursos.  En el siguiente encuentro, Lenin ingresa y observa fijamente el mural, “Cari” y “Warmi”, es lo que dice, palabras kichwa que en español significan “hombre” y “mujer”, la psicóloga pregunta, por qué menciona esas palabras, qué significan para él. Lenin responde que “los muñequitos pintados” le recuerdan a su padre y madre, además el dibujo es parecido al lugar donde vivía. Podemos ver aquí que el paciente escoge al mural como su recurso y lo incorpora a su proceso, complementándolo al uso del diccionario.

Dentro de los procesos psicológicos, la particularidad que presenta cada paciente puede sorprendernos por lo que plantean al irse apropiando del espacio. Lenin nos enseñó una perspectiva distinta del recurso psicológico. Habiendo encontrado una respuesta a la anterior interrogante, podemos ahora cuestionarnos lo siguiente, ¿Cómo generan recursos el psicólogo y el paciente? Al ser el psicólogo el garante del espacio y quien propone los recursos, el paciente puede  encontrar en estos un objeto que le permita llegar a la representación. Esto nos lleva a reflexionar sobre las posibilidades que existen frecuentemente en el trabajo con los pacientes.

Los significantes que se les da a los objetos pueden ser determinantes en los procesos psicológicos. En este caso, Lenin al percibir el interés de la psicóloga por escuchar lo que él decía, condujo a que se logre establecer una transferencia que sostenga su proceso, lo que posibilitó que logre hablar acerca de su propio malestar.
Mediante el trabajo realizado con los recursos dentro del espacio psicológico, se pudo conocer, que Lenin tenía una relación muy estrecha con ambos progenitores, en especial con la madre, con quien compartía varios espacios, entre ellos el de dormir juntos. Ha medida que transcurrió el proceso, en la décima sesión, el paciente menciona que “ahora quiere una cama para él solo”. Al parecer, Lenin logró aceptar la separación, que es un factor tan importante para un desarrollo psicosocial apropiado, donde encuentre la autonomía, la oportunidad de diferenciarse de sus padres, de buscar la relación con sus pares en la escuela y también con otros adultos. Esto fue posible durante el proceso, gracias al fortalecimiento de la transferencia con su psicóloga.

Como conclusión, considero que para que un proceso psicológico se realice de forma adecuada, los psicólogos debemos practicar una escucha permanente y con total atención, que identifique cualquier elemento nuevo que se pueda revelar. Debemos tener en cuenta los detalles que a veces parecen insignificantes o mínimos, ya que en estos podría encontrarse la clave de lo que realmente es importante en la vida de un paciente.


Bibliografía:
-        A, Aberastury (1984) Teoría y Técnicas del Psicoanálisis de niños, pp. 92.





[1] Supervisión Individual: Este espacio estaba anteriormente destinado al seguimiento de las actividades que los psicólogos en formación realizaban dentro del Proyecto de Atención Psicológica, entre ellas el sostenimiento y supervisión de casos clínicos.