jueves, 5 de septiembre de 2013

El tren de juguete




Por: Emilio Salao Sterckx 
 
Pawel Kuczynski es un ilustrador polaco. Su trabajo manifiesta de una manera muy clara su punto de vista sobre las preocupaciones y condiciones de nuestra actualidad, desde la injusticia social, el declive ambiental, la pobreza de la palabra, entre otras. Una imagen en especial llama nuestra atención y la hemos colocado como portada de este enlace, se trata sobre el trabajo infantil.

Un niño tira de su trencito de juguete, mientras otro arrastra con esfuerzo un tren real. Nos provoca una reflexión sobre el lugar del juguete desde aquel trabajo del filósofo italiano Giorgio Agamben (Infancia e Historia).  El juguete es un vestigio de algo que los adultos ya no necesitan y se lo heredan a los niños, como si los niños fuesen algo así como los ropavejeros de la cultura.    

El trabajo infantil traduce esa imposibilidad que algunos niños tienen de recoger ese vestigio, pues ese resto no llega a sus manos. En la vida de un niño que trabaja los objetos no pueden desligarse de la realidad  económico-práctica, para transformarse en algo distinto.  Esto nos refleja la pobreza simbólica que conlleva el que un niño no pueda contar con espacios para el juego y la re-creación. Curiosa expresión esta última, pues el juego es precisamente eso, volver a crear al objeto en una condición distinta, fuera de la realidad.

Si les interesa conocer más sobre el trabajo de Kuczynski, pueden visitar el siguiente enlace. Disfrútenlo!!!  

lunes, 26 de agosto de 2013

No Country For Young People



Por: Emilio Salao Sterckx.

Béla Lugosi  fue un actor nacido en el desaparecido imperio austrohúngaro, que adquirió su fama en el cine gracias a la interpretación del personaje de la obra clásica del mismo nombre, Drácula de 1931. Desde aquel remarcado éxito, Lugosi se convirtió en un actor encasillado  en los papeles de villano, participando en películas como White Zombie, Scared to Death, Son of Frankenstein, entre otras. Hasta el final de sus días (1956) Lugosi participó en películas de terror, siendo considerado hoy en día un ícono de este género. 

En nuestra realidad podemos encontrar muchos Lugosi en la vida cotidiana, uno de esos ejemplos se relaciona con la reciente tragedia de Karina del Pozo, de quien se habla mucho en estos últimos días.

¿Quiénes son los villanos de siempre? Desde su desaparición se dieron varios rumores respecto al cómo y quiénes eran responsables de su desaparición. Las primeras hipótesis indicaban  que se trataba de taxistas, secuestradores, violadores, que como es habitual, encarnan al malo de la película. 

El malo de la película ecuatoriana es siempre el cholo, el indio, el pobre, el excluido o acaso… ¿Creemos en general  que el antisocial es caucásico, perteneciente  a la clase media o alta? Además, está el hecho de que la desaparición de  Karina se adjudicó también a la grave inseguridad que se vive en el país, por lo que también resulta que el gobierno es el culpable. Estos son los Béla Lugosi ecuatorianos.

Conforme se develan las verdades detrás de su desaparición nos encontramos con que ni es un taxista ni son unos secuestradores, sino jóvenes del mismo círculo social de Karina. En los días más recientes esta revelación hace que nuestra sociedad encuentre otro culpable: los adolescentes y jóvenes, que vienen ahora a interpretar el tan necesitado papel de villano.

Sean o no estos jóvenes los responsables de la muerte de Karina,  este caso nos dice  algo más, ya que desde la espontaneidad de las distintas reacciones aparecen expresiones muy propias de nuestra idiosincrasia: la culpa siempre es de otro y yo no tengo nada que cuestionarme. El filósofo italiano Giorgio Agamben dice en su obra Infancia e Historia, que en la actualidad se da un fenómeno bastante común, donde el adulto critica y culpa al joven por su forma de vivir, sin caer en cuenta de que es el adulto quien ha construido e impuesto las lógicas bajo las cuales los jóvenes se desenvuelven.

El caso de Karina del Pozo podría despertar en nosotros varias lecturas, que podrían ir desde la violencia hacia la mujer, la doble moral, en fin, pero entraremos esta ocasión en una lectura que no pasa por la anécdota de una tragedia ni la indignación que se despierta al ver el noticiero y se apaga al acostarnos. ¿No nos trae señales, acaso,  sobre algo que sucede al interior de la comunidad joven?   ¿Nos compete esto a los adultos, a “los grandes”? 

Tal vez algunas de nuestras responsabilidades se relacionan con algunos cambios que hemos realizado en la normativa actual. En los últimos tiempos hemos regularizado el interior y exterior de nuestras vidas, como por ejemplo la limitación de los horarios de las discotecas, la desaparición de los casinos, la sanción hacia quienes consumen licor en la calle, la prohibición de beber los domingos, la cancelación de la fiesta taurina, el cambio de las bandas de guerra por la bandas de paz,  el incremento en los impuestos y valores del alcohol y el tabaco, junto con una agresiva campaña antitabaquismo, entre otras cosas. 

Las buenas intenciones detrás de estas medidas, apuntan desde el discurso oficial a un mejoramiento de la salud,  de la convivencia entre los ciudadanos, la elevación de la productividad en el trabajador y el estudiante o la reducción de los accidentes de tránsito, etc. Dichas normativas, impuestas o acordadas, son prohibiciones, que nos afectan a todos, pero principalmente a los jóvenes, ya que estas normas, entre otras, tienen mucho que ver con los espacios en los que los jóvenes se desenvuelven.

Una regulación de nuestra vida social, es decir en nuestro mundo exterior, muy seguramente afectará a nuestro mundo interior, en nuestra vida psíquica. Una posible lectura de estos efectos podría dárnoslo el padre del Psicoanálisis, Sigmund Freud. En su obra clásica Más Allá del Principio del Placer, nos dice que en el ser humano viven dos fuerzas determinantes: la pulsión de vida y la pulsión de muerte

La pulsión de vida es una fuerza a nuestro interior que nos lleva al cumplimiento de algunos de nuestros anhelos, como el deseo vivir, estudiar una carrera, seguir una profesión, tener una familia, procrear hijos, para de una manera simbólica vivir a través del otro, ya que llevamos presente ese deseo profundo de nunca ser olvidados. 

Pero Freud también nos habla acerca de una pulsión de muerte, de una energía que nos lleva a la autodestrucción y  la violencia hacia  el prójimo y  nosotros mismos. Algo que es importante, es que la pulsión de muerte existe en todos nosotros y no es necesariamente algo patológico de la condición humana, sino que es parte de nuestra construcción cultural, ya que necesitamos morirnos un poco, a través de ciertos actos, para que nuestra existencia sea más soportable.

Por tanto nuestra cultura ha creados rituales y costumbres, unas más cuestionables que otras, que subliman esta pulsión de muerte, pero ¿Qué sucede cuando estas actividades dejan de existir o son perseguidas?  ¿Acaso la pulsión de muerte desaparece?  Para el psicoanálisis la pulsión de muerte no desaparece, se reprime, pero sin la existencia de una forma de expresión culturalmente aceptada, la pulsión de muerte no es cancelada, en su lugar busca otros caminos más brutales y violentos, como lo sucedido con Karina.  

Es indiscutible que los códigos de convivencia que existían hasta hace poco planteaban otras vulnerabilidades y síntomas en la juventud, pero como solía decir Françoise Dolto, “menos mal y portamos el síntoma para poder sobrellevar en algo nuestro malestar”. En este afán de mejoramiento, de cambio, de revolución, la normativa se podría generalizar en una expropiación de los espacios sociales, y un vacío en el intercambio: quitamos pero no damos algo en su lugar.

Quienes más pierden en estas ausencias son los jóvenes, y el caso de Karina no es uno entre otros, porque cada caso es particular, sin embargo ya existen signos de los cuales debemos preocuparnos, porque los adultos estamos bastante embarrados de responsabilidad. Exiliamos un lugar para los jóvenes, exiliamos además un lugar para la pulsión de muerte y la agresividad, expropiamos también los espacios de sublimación, viviendo en una represión “obligada” que nos lleva a la crueldad. Eso sí, de lo que siempre disponemos es de un patíbulo para los culpables.

Muy probablemente para crear nuevos espacios debemos preguntarles a quienes nunca les preguntamos nada, los jóvenes. Salir de una escucha retórica a una escucha seria, donde por fin le abramos espacios para que surjan preguntas, para que surjan propuestas…

viernes, 16 de agosto de 2013

"AYÚDANOS A ENCONTRARLO"





Por: Valeria Grijalva

“¿A dónde van los desaparecidos? Busca en el agua y en los matorrales
¿Y por qué es que se desaparecen? Porque no todos somos iguales
¿Y cuando vuelve el desaparecido? Cada vez que lo trae el pensamiento
¿Cómo se le habla al desaparecido? Con la emoción apretando por dentro.”
Rubén Blades.

Cuando uno se moviliza en el transporte público, puede ser testigo de varias situaciones que en ocasiones nos llaman la atención. Hace poco pude presenciar una de ellas, que tal vez refleja una realidad que se vive de cerca.

En el asiento de mi lado izquierdo ibaun hombre mayor, su rostro reflejaba preocupación y marcaba incesantemente su teléfono celular.  - “Buenos días, disculpe que le llame, soy el papa de Miguel, quería preguntarle por él.  ¿Está con usted?”
Ese era el inició de la conversación, que se repetía una y otra vez. Cuando cerraba el teléfono parecíano obtener la respuesta esperada.
Veía su teléfono, buscaba algo y luego llamaba.
A la cuarta llamada finalmente dijo: - “Entonces, ¿está con usted?” hubo una pausa y luego “muchas gracias, no, no se preocupe, solo quería saber eso.”Cerró el teléfono como aliviado y lo guardó. Se notaba que su ansiedad había pasado.

Mientras presenciaba esta escena,vino a mi mente la imagen de un rostro que actualmente circula en las redes sociales y en volantes pegadas en paredes y ventanas. Se trata de un joven estudiante universitario desaparecido. Recuerdo que hace algunos meses atrás también se difundió por esos medios, la imagen de una joven en la misma situación, de la cual, a los pocos días se encontró su cuerpo. Si pensamos en las redes sociales, actualmente no son dos, sino muchos otros rostros con la misma leyenda sobre su foto: “Ayúdanos a encontrarlo”Al ver de nuevo a este padre de la escena, me pregunto:¿Cuáles son las implicaciones que trae la desaparición de un ser amado para sus familiares?

Cuando se habla de personas desaparecidas, muchas personas dicen “aunque sea que apareciera muerto, pero NO ésta incertidumbre” ¿Por qué se prefiere encontrar a la persona muerta, antes que permanezca desaparecida? ¿Por qué la desaparición es más dolorosa que la muerte?

Estudios relacionados con las “desapariciones forzadas” tratan de llegar a una explicación relacionada con este tema. La mayoría de ellos tratan sobre el hecho de no poder realizar el ritual tradicional  de dar sepultura a su muerto, con lo que se marca una despedida de la persona fallecida y un cierre simbólico a la familia.

Horacio Riquelme (1993),  en su texto “América del Sur: Derechos humanos y salud psicosocial”, hace referencia justamente a estudios sobre desapariciones forzadas realizados desde una perspectiva psicológica. Riquelme expresa:

Psicólogos sociales y antropólogos culturales {…} pudieron hacer observaciones significativas y llegar a conclusiones básicas acerca de la moral de defensa de los vietnamitas: lo que más afectaba psicológicamente a los vietnamitas involucrados en la guerra no era la muerte de sus vecinos o familiares a consecuencias de la agresión norteamericana, sino el hecho de no poder celebrar las ceremonias tradicionales, con las cuales acostumbraban a mostrar su luto y despedirse ritualmente de los muertos. La ausencia de ceremonias de luto rompía el delicado vínculo cultural que relaciona a los vivos con los difuntos; la familia y la comunidad se sentían profundamente inseguras, como si hubiesen violado colectivamente un tabú…(1993, pg. 33)

Ahora bien, la desaparición forzada está relacionada específicamente con situaciones de guerra, dictaduras o combates internos, donde los Estados en guerra, el gobierno o un grupo específico, son los responsables de las mismas.  Sin embargo, los ecuatorianos, con algunas específicas excepciones (las cuales podrían entrar en esta categoría), no hemos atravesado experiencias de este tipo, como las desapariciones masivas de personas.

Ana Berezin, psicoanalista argentina, en su texto: “La oscuridad en los ojos” cuenta en uno de sus capítulos la historia de Antígona.

El mito cuenta la historia de los dos hermanos varonesde Antígona (Eteocles y Polinices), quienes se encontraban en constate combate por el trono de Tebas. En algún momento, Eteocles decide quedarse en el poder después de cumplido su período, lo cual lleva a un conflicto con suhermano. La guerra concluye con la muerte de los dos, cada uno a manos del otro.
Creonte, quien asume el trono de Tebas, decide que Polinices no será enterrado dignamente y se dejará a las afueras de la ciudad al arbitrio de los cuervos y los perros.
Para los griegos el alma de un cuerpo que no era enterrado estaba condenada a vagar por la tierra eternamente. Para evitar esto, Antígona decide enterrar a su hermano y realizar sobre su cuerpo los correspondientes ritos, desafiando la autoridad de Creonte.

La tragedia de Antígona, quien termina suicidándose por la condena impuesta por Creonte, nos trae la necesidad de la sociedad, de cada uno, de despedir a sus muertos. Si bien, para los griegos dejar un cuerpo sin sepultura era dejar su alma vagando, también fuera de la cultura griega se tiene rituales propios en relación a la sepultura como una manera de dar un lugar de “descanso eterno” al cuerpo y alma de los muertos. Entonces, vale preguntarse ¿Qué sucede cuando no hay cuerpo del cual despedirse?

En el mismo texto, hablando de las desapariciones en Argentina entre los años 1976 a 1983, Berezin nos dice:

... Ocultar el final de la historia es otro modo de quitarle su condición humana. A veces, hemos entendido el pedido de la madres de la Plaza de Mayo -nuestras Antígonas- (aparición con vida), como una exigencia que la vida impone como temporalidad inherente a nuestra conciencia humana: nacimos, crecimos y morimos, y ésta es la temporalidad de la vida. Borrar su término es borrar la vida misma, en tanto anula la realidad temporal que la historiza. (1998, pg. 71)

“Borrar su término es borrar la vida misma” dice Berezin (1998). Si no hay un cuerpo, no hay lugar donde quede o vaya la historia del portador del mismo. Si seguimos la creencia griega, hay un alma vagando, es su historia la que queda vagando sin poder darle un cierre a la misma. No hay término, no hay fecha ni lugar. No hay una parte de la historia de esa temporalidad. Al haber desaparición, no hay final a la narrativa de esa vida, no hay un cierre para la historia del sujeto.

No es de sorprendernos entonces, que existan convocatorias a marchas, plantones, reuniones, que en diversos lugares se realizan periódicamente, para exigir la “aparición” de los “desaparecidos”, para saber qué pasó. ¿Será que estos espacios permiten o se convierten en otro tipo de ritual de fin de la temporalidad humana?

Pensemos por un momento en las Madres de la Plaza de Mayo, a las cuales hace referencia Berezin, como las “Antígonas” que se han rebelado durante años frente al poder, al reunirse semanalmente para exigir la recuperación con vida de sus hijos e hijas, pero también para establecer responsables de dichas desapariciones. Durante casi 35 años se han reunido, tratando de mantener vivo el nombre, la memoria y la lucha de sus hijos. ¿Podrá ser esta manifestación, tal vez una forma de narrar el final de la historia de sus casi 30000 desaparecidos?

Aquí, en nuestro país vimos cómo durante años una familia se reunía todas las semanas frente al Palacio de Carondelet, para exigir la aparición de sus hijos y el establecimiento y juicio a los responsables.

Dar un cierre a la historia de un sujeto es parte inherente de la condición humana. La muerte es el fin de su vida, y el ritual que se da en relación a la misma es la forma de elaboración del duelo de los que quedan. Cuando no hay forma de sepultar, se emprende entonces una búsqueda para dar un cierre a la historia.

Ese nuevo acto que,-distinto del de la muerte-, aparece al final de una vida, marca quizás un nuevo inicio para sus familias y la posibilidad de llegar a un cierre de la historia de esa persona, permitiendo así  volver a la temporalidad de la vida: nacimos, crecimos y morimos.

Denuncias en la policía y fiscalía, trámites que parece que no tuvieran ni fin ni resultado, reportajes en los medios de comunicación, todo ese calvario que viven las familias podrían ser consideradas como un camino para dar un cierre a la historia de quien no volverá.

Y cuando esas posibilidades no son suficientes, porque no ir más allá, y contar y perpetuar la historia de quien desapareció y su final de otra forma. Probablemente “Con mi corazón en Yambo” no será la última película que veamos sobre el tema, ni “Desaparecidos” la última canción. Y tampoco la “Universidad Popular de las Madres de la Plaza de Mayo” será la única  institución académica creada a partir de una situación tal. 

Las marchas, el pedido de establecer culpables y aún más allá, elaboraciones artísticas, académicas, etc., pueden representar ese nuevo acto que permita dar paulatinamente un cierre a la desaparición y un paso a la elaboración de la pérdida.

Nacer, crecer, morir. Porque no pensar ahora que en algunos casos, ese morir no termina en enterrar, y que los que quedan, serán quienes marquen un final distinto en el cierre de cada historia.



Bibliografía

Riquelme, H. (1993)America del Sur: Derechos humanos y salud psicosocial.Caracas. Editorial Nueva Sociedad.

Berezin, A. (1998) La oscuridad en los ojos. Ensayo psicoanalítico sobre la crueldad.  Buenos Aires. Homo Sapiens Ediciones.

LOS NIÑOS FEOS DE HOLLYWOOD




Por: Emilio Salao Sterckx

“Has visto alguna vez algo que da tanto miedo que se lo quieres mostrar a alguien más”
The Ring (2005)
¿Qué es lo ominoso? Según Freud es aquello que siendo cotidiano y reconocible desde un lugar objetivo, torna violentamente en algo indecible, inexplicable debido a que en nuestra percepción encontramos algo que está fuera de lugar, lo que nos lleva a la angustia y desesperación.  

Hoy en día lo ominoso o terrorífico es también parte de un mercado, de una explotación mediática y un generador de ganancias en el mundo del entretenimiento. Es así que podemos disfrutar de lo ominoso en algunos espacios, como el cine. 

Sin embargo como el cine es ficción, muchos estamos habituados a no tomarlo en serio, por lo  que una vez que aparecen los créditos desechamos la película de nuestra realidad, como el papel de un caramelo.  Muy pocas veces nos preguntamos por qué elegimos ver una película tensionante como Saw (y todas sus secuelas) en lugar de una relajada comedia con Adam Sandler. 

Para que una película de terror nos haga saltar de la butaca, echando el canguil por los suelos debe, como diría Freud, estar presente en lo cotidiano. Tal vez las últimas tendencias en el cine podrían darnos pistas sobre algunas preocupaciones cotidianas. Por ejemplo, desde la última década ha proliferado  en el séptimo arte la aparición continua y taquillera de niños siniestros, niños que portan algo oscuro, poderoso y que logra espantar a los adultos. 

El filósofo esloveno Slavoj  Žižek, calificado como un pensador “pop” según quienes solo han leído su artículo sobre el Kinder Huevo, considera al cine, desde la categoría de  ciberespacio, como algo de suma importancia para la construcción social. Según Žižek, el cine es esencial para acercarnos a nuestra cultura y todo lo que la atraviesa en el sentido de que la producción cinematográfica puede hacernos considerar, desde la ficción, algunas cosas que no estamos dispuestos a pensar desde nuestra realidad cotidiana. 

“El sujeto es incapaz por definición de asumir su propia fantasía fundamental, de reconocerse en ella en un acto de habla, pero tal vez el ciberespacio abra un dominio donde el sujeto pueda exteriorizar/escenificar su fantasía fundamental…”[1]
Sin asumir dicho planteamiento al pie de la letra, podemos apostarle a esta idea y considerar que el cine algo puede decir de nuestra cultura. Nos preguntamos entonces qué pueden reflejar estos niños siniestros acerca de nosotros.

Los niños feos de Hollywood los podemos encontrar en películas  como Ringu (1998)  film japonés con su conocida versión americana The Ring, con Naomi Watts (2002), Caso 39 (2009) con Renée Zellweger, o La Huérfana de Jaume Collet-Serra (2009), entre otras. 

En estas películas los niños comparten una característica en común: poseen un poder que amenaza y destruye la  vida psíquica y social del adulto, donde los niños son aparentemente omnipotentes. Por efecto, los adultos de estás películas se muestran horrorizados, desbordados  y ahogados en la impotencia por estos niños, a quienes no entienden.

Por ejemplo Caso 39, película que trata sobre Emily, una trabajadora social que interviene en una familia donde los padres tratan de asesinar a su hija, Lilith. Emily conmovida, rescata a esta niña y se la lleva con ella, mientras la institución busca un nuevo hogar para la desventurada Lilith. Durante este tiempo la protagonista trata de construir una relación materna con esta niña, pero fracasa, ya que Lilith resulta ser la encarnación de un mal sin límites. Es así que esta  niña pasa de representar la oportunidad de una construcción afectiva a una verdadera amenaza al universo simbólico de Emily. Al final, la protagonista no encuentra otra solución más que la muerte de Lilith. 

La falta de límites en Lilith, aquella sensación del niño todopoderoso y esa pérdida de poder del adulto me recuerdan a ciertas expresiones escuchadas en varias comunidades con las que trabajo. Al ser tan repetitivas pueden parecer ya irrelevantes, meras reacciones a un mundo cambiante, pero  tal vez hay que detenerse a escucharlas mejor. Me refiero a esas frases trilladas como “Los niños solo entienden de sus derechos y no de sus obligaciones”, “los hijos mandan sobre nosotros”, “No nos hacen caso”, “No hay como decirles NO

Estas frases evocadas por madres y padres de familia, nos hacen preguntarnos ¿Por qué una familia diría con tanta firmeza que los hijos conocen sus derechos, pero ignoran sus límites? Las respuestas reflejan, muchas veces, un sentimiento de impotencia frente al incontrolable comportamiento de sus niños. Esta impotencia surge del no poder corregirles, no poder hablarles, no poder prohibirles y no poder castigarles (físicamente). Incluso cuando algunas familias recurren a la violencia, al parecer tampoco así logran mucho.  Por otro lado, algunas de estas madres y padres se sienten limitados a decir NO, ya que piensan que sus hijos serían desdichados ante la negación. 

La psicoanalista Catherine Mathelin, nos dice en su libro Clínica Psicoanalítica con Niños, que esta supuesta omnipotencia de la que gozan los niños podría ser otra forma de impotencia, donde justamente los límites se les han negado y donde la responsabilidad de la familia también ha sido coartada. Ciertamente hoy en día hay una nueva búsqueda del lugar de la madre y el padre, búsqueda donde es muy posible perderse. Tal vez podríamos sospechar de un posible origen de esta crisis en otras frases que los padres dicen: “Quise darle a mi hijo lo que yo no tuve en mi infancia”. Muchos adultos nos relatan una niñez llena de carencias económicas, carencias afectivas y ausencias jurídicas que daban carta abierta a que sean objeto de toda forma de violencia.  

Aquellos niños han crecido y son padres el día de hoy, padres que niegan la  carencia a sus hijos, ya que escuchar el NO a ellos  los hizo desdichados. Hay un olvido del valor constituyente que el NO tiene en la vida, como un límite indispensable para sobrevivir a frustraciones aún más grandes. 

Existe un miedo al retorno de esas carencias pasadas. Sin embargo, la falta nos invade nuevamente con el vacío en el estómago y el pecho. En el presente encontramos la chispa que enciende el miedo a nuestra historia, pues hoy nos damos cuenta que no todo es posible, que no podemos darlo todo, pero para evitarnos el malestar que conlleva el reconocerlo, fantaseamos una escena en la que  nuestros niños son más felices, donde están mejor de lo que estuvimos nosotros.

Ahora bien, no se trata de colocar el peso de esa responsabilidad únicamente sobre las familias, ya que otra institución determinante en este proceso es El Estado. Si consideramos los cambios de la política pública a favor de la niñez, la creación y reconfiguración de instituciones públicas, podríamos tal vez pensar que el estado ha tomado algunas responsabilidades sobre los niños, las cuáles desde una ideología de darlo todo, impide reconocer que existe un límite, generando así la ilusión de que todo es posible en un paraíso jurídico y un paraíso de consumo.

El Estado a través del gobierno también tiene una historia, ya que la dirección política actual se inaugura y afirma en el fracaso de administraciones anteriores, donde el Gobierno era un padre que daba poco o nada a sus hijos. En el presente este padre quiere darlo todo, cueste lo que cueste.

La familia responde a este contexto político e ideológico ocupando  un lugar de demanda, ya que la responsabilidad en la función materna y paterna está ahora a cargo del Estado. La respuesta inmediata a una ideología de darlo todo es una ideología de recibirlo todo. Es entonces ese Estado el que “me da haciendo” la educación, la salud y la profesión de los hijos.

Los niños, receptores finales de esta construcción social, tal vez nos están diciendo que algo de este sistema no los hace felices. Nos lo dicen con sus síntomas, con aquellos problemas de comportamiento, que ahora fácilmente se los diagnostica como: hiperactividad, bullying,   retraso escolar y precocidad sexual. Estas señales nos hablan sobre la ausencia de límites en el cuerpo, el espacio social y el mundo de los afectos.

Los niños manifiestan su objeción en la realidad, lo que resulta ser un trago amargo y tal vez los niños feos de Hollywood nos permiten vivir, en la fantasía, el miedo inaceptable que tenemos a nuestra realidad, una realidad donde los hijos no son tan felices, donde la promesa del bienestar soberano no logra frenar la violencia, que en todas sus formas aún existe en contra de ellos. Finalmente, dejamos caer sobre sus espaldas el peso de nuestras propias infancias, repitiendo nuevamente la historia, que inevitablemente vuelve a tocar la puerta.



[1] Žižek, Slavoj (2006). Lacrimae Rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio. Buenos Aires. Editorial Debate. Pp 283.