Por: Valeria Grijalva
“¿A dónde van los desaparecidos? Busca en el agua y en los matorrales
¿Y por qué es que se desaparecen? Porque no todos somos iguales
¿Y cuando vuelve el desaparecido? Cada vez que lo trae el pensamiento
¿Cómo se le habla al desaparecido? Con la emoción apretando por
dentro.”
Rubén Blades.
Cuando uno se moviliza en el
transporte público, puede ser testigo de varias situaciones que en ocasiones
nos llaman la atención. Hace poco pude presenciar una de ellas, que tal vez
refleja una realidad que se vive de cerca.
En el asiento de mi lado izquierdo
ibaun hombre mayor, su rostro reflejaba preocupación y marcaba incesantemente
su teléfono celular. - “Buenos días, disculpe que le llame, soy el
papa de Miguel, quería preguntarle por él.
¿Está con usted?”
Ese era el inició de la conversación,
que se repetía una y otra vez. Cuando cerraba el teléfono parecíano obtener la
respuesta esperada.
Veía su teléfono, buscaba algo y
luego llamaba.
A la cuarta llamada finalmente dijo: - “Entonces, ¿está con usted?” hubo una
pausa y luego “muchas gracias, no, no se
preocupe, solo quería saber eso.”Cerró el teléfono como aliviado y lo
guardó. Se notaba que su ansiedad había pasado.
Mientras presenciaba esta escena,vino
a mi mente la imagen de un rostro que actualmente circula en las redes sociales
y en volantes pegadas en paredes y ventanas. Se trata de un joven estudiante
universitario desaparecido. Recuerdo que hace algunos meses atrás también se
difundió por esos medios, la imagen de una joven en la misma situación, de la
cual, a los pocos días se encontró su cuerpo. Si pensamos en las redes
sociales, actualmente no son dos, sino muchos otros rostros con la misma
leyenda sobre su foto: “Ayúdanos a encontrarlo”Al ver de nuevo a este padre de
la escena, me pregunto:¿Cuáles son las implicaciones que trae la desaparición
de un ser amado para sus familiares?
Cuando se habla de personas
desaparecidas, muchas personas dicen “aunque sea que apareciera muerto, pero NO
ésta incertidumbre” ¿Por qué se prefiere encontrar a la persona muerta, antes
que permanezca desaparecida? ¿Por qué la desaparición es más dolorosa que la
muerte?
Estudios relacionados con las
“desapariciones forzadas” tratan de llegar a una explicación relacionada con
este tema. La mayoría de ellos tratan sobre el hecho de no poder realizar el
ritual tradicional de dar sepultura a su
muerto, con lo que se marca una despedida de la persona fallecida y un cierre
simbólico a la familia.
Horacio Riquelme (1993), en su texto “América del Sur: Derechos humanos
y salud psicosocial”, hace referencia justamente a estudios sobre
desapariciones forzadas realizados desde una perspectiva psicológica. Riquelme
expresa:
Psicólogos sociales y antropólogos culturales {…} pudieron hacer
observaciones significativas y llegar a conclusiones básicas acerca de la moral
de defensa de los vietnamitas: lo que más afectaba psicológicamente a los
vietnamitas involucrados en la guerra no era la muerte de sus vecinos o
familiares a consecuencias de la agresión norteamericana, sino el hecho de no
poder celebrar las ceremonias tradicionales, con las cuales acostumbraban a
mostrar su luto y despedirse ritualmente de los muertos. La ausencia de
ceremonias de luto rompía el delicado vínculo cultural que relaciona a los
vivos con los difuntos; la familia y la comunidad se sentían profundamente
inseguras, como si hubiesen violado colectivamente un tabú…(1993, pg. 33)
Ahora bien, la desaparición forzada
está relacionada específicamente con situaciones de guerra, dictaduras o
combates internos, donde los Estados en guerra, el gobierno o un grupo
específico, son los responsables de las mismas. Sin embargo, los ecuatorianos, con algunas
específicas excepciones (las cuales podrían entrar en esta categoría), no hemos
atravesado experiencias de este tipo, como las desapariciones masivas de
personas.
Ana Berezin, psicoanalista argentina,
en su texto: “La oscuridad en los ojos” cuenta en uno de sus capítulos la
historia de Antígona.
El mito cuenta la historia de los dos
hermanos varonesde Antígona (Eteocles y Polinices), quienes se encontraban en
constate combate por el trono de Tebas. En algún momento, Eteocles decide
quedarse en el poder después de cumplido su período, lo cual lleva a un conflicto
con suhermano. La guerra concluye con la muerte de los dos, cada uno a manos
del otro.
Creonte, quien asume el trono de
Tebas, decide que Polinices no será enterrado dignamente y se dejará a las
afueras de la ciudad al arbitrio de los cuervos y los perros.
Para los griegos el alma de un cuerpo
que no era enterrado estaba condenada a
vagar por la tierra eternamente. Para evitar esto, Antígona decide enterrar
a su hermano y realizar sobre su cuerpo los correspondientes ritos, desafiando
la autoridad de Creonte.
La tragedia de Antígona, quien
termina suicidándose por la condena impuesta por Creonte, nos trae la necesidad
de la sociedad, de cada uno, de despedir a sus muertos. Si bien, para los
griegos dejar un cuerpo sin sepultura era dejar su alma vagando, también fuera
de la cultura griega se tiene rituales propios en relación a la sepultura como
una manera de dar un lugar de “descanso eterno” al cuerpo y alma de los muertos.
Entonces, vale preguntarse ¿Qué sucede cuando no hay cuerpo del cual despedirse?
En el mismo texto, hablando de las
desapariciones en Argentina entre los años 1976 a 1983, Berezin nos dice:
... Ocultar el final de la historia es otro modo de quitarle su
condición humana. A veces, hemos entendido el pedido de la madres de la Plaza de
Mayo -nuestras Antígonas- (aparición con vida), como una exigencia que la vida
impone como temporalidad inherente a nuestra conciencia humana: nacimos,
crecimos y morimos, y ésta es la temporalidad de la vida. Borrar su término es
borrar la vida misma, en tanto anula la realidad temporal que la historiza.
(1998, pg. 71)
“Borrar su término es borrar la vida misma”
dice Berezin (1998). Si no hay un cuerpo, no hay lugar donde quede o vaya la
historia del portador del mismo. Si seguimos la creencia griega, hay un alma vagando, es su historia la que queda
vagando sin poder darle un cierre a la misma. No hay término, no hay fecha ni
lugar. No hay una parte de la historia de esa temporalidad. Al haber
desaparición, no hay final a la narrativa de esa vida, no hay un cierre para la
historia del sujeto.
No es de sorprendernos entonces, que
existan convocatorias a marchas, plantones, reuniones, que en diversos lugares
se realizan periódicamente, para exigir la “aparición” de los “desaparecidos”,
para saber qué pasó. ¿Será que estos espacios permiten o se convierten en otro
tipo de ritual de fin de la temporalidad humana?
Pensemos por un momento en las Madres
de la Plaza de Mayo, a las cuales hace referencia Berezin, como las “Antígonas”
que se han rebelado durante años frente al poder, al reunirse semanalmente para
exigir la recuperación con vida de sus hijos e hijas, pero también para
establecer responsables de dichas desapariciones. Durante casi 35 años se han
reunido, tratando de mantener vivo el nombre, la memoria y la lucha de sus
hijos. ¿Podrá ser esta manifestación, tal vez una forma de narrar el final de
la historia de sus casi 30000 desaparecidos?
Aquí, en nuestro país vimos cómo
durante años una familia se reunía todas las semanas frente al Palacio de Carondelet,
para exigir la aparición de sus hijos y el establecimiento y juicio a los
responsables.
Dar un cierre a la historia de un
sujeto es parte inherente de la condición humana. La muerte es el fin de su
vida, y el ritual que se da en relación a la misma es la forma de elaboración
del duelo de los que quedan. Cuando no hay forma de sepultar, se emprende
entonces una búsqueda para dar un cierre a la historia.
Ese nuevo acto que,-distinto del de
la muerte-, aparece al final de una vida, marca quizás un nuevo inicio para sus
familias y la posibilidad de llegar a un cierre de la historia de esa persona,
permitiendo así volver a la temporalidad
de la vida: nacimos, crecimos y morimos.
Denuncias en la policía y fiscalía,
trámites que parece que no tuvieran ni fin ni resultado, reportajes en los
medios de comunicación, todo ese calvario que viven las familias podrían ser
consideradas como un camino para dar un cierre a la historia de quien no
volverá.
Y cuando esas posibilidades no son
suficientes, porque no ir más allá, y contar y perpetuar la historia de quien
desapareció y su final de otra forma. Probablemente “Con mi corazón en Yambo”
no será la última película que veamos sobre el tema, ni “Desaparecidos” la última
canción. Y tampoco la “Universidad Popular de las Madres de la Plaza de Mayo”
será la única institución académica
creada a partir de una situación tal.
Las marchas, el pedido de establecer
culpables y aún más allá, elaboraciones artísticas, académicas, etc., pueden
representar ese nuevo acto que permita dar paulatinamente un cierre a la
desaparición y un paso a la elaboración de la pérdida.
Nacer, crecer, morir. Porque no
pensar ahora que en algunos casos, ese morir no termina en enterrar, y que los
que quedan, serán quienes marquen un final distinto en el cierre de cada
historia.
Bibliografía
Riquelme, H.
(1993)America del Sur: Derechos humanos y
salud psicosocial.Caracas. Editorial Nueva Sociedad.
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