lunes, 26 de agosto de 2013

No Country For Young People



Por: Emilio Salao Sterckx.

Béla Lugosi  fue un actor nacido en el desaparecido imperio austrohúngaro, que adquirió su fama en el cine gracias a la interpretación del personaje de la obra clásica del mismo nombre, Drácula de 1931. Desde aquel remarcado éxito, Lugosi se convirtió en un actor encasillado  en los papeles de villano, participando en películas como White Zombie, Scared to Death, Son of Frankenstein, entre otras. Hasta el final de sus días (1956) Lugosi participó en películas de terror, siendo considerado hoy en día un ícono de este género. 

En nuestra realidad podemos encontrar muchos Lugosi en la vida cotidiana, uno de esos ejemplos se relaciona con la reciente tragedia de Karina del Pozo, de quien se habla mucho en estos últimos días.

¿Quiénes son los villanos de siempre? Desde su desaparición se dieron varios rumores respecto al cómo y quiénes eran responsables de su desaparición. Las primeras hipótesis indicaban  que se trataba de taxistas, secuestradores, violadores, que como es habitual, encarnan al malo de la película. 

El malo de la película ecuatoriana es siempre el cholo, el indio, el pobre, el excluido o acaso… ¿Creemos en general  que el antisocial es caucásico, perteneciente  a la clase media o alta? Además, está el hecho de que la desaparición de  Karina se adjudicó también a la grave inseguridad que se vive en el país, por lo que también resulta que el gobierno es el culpable. Estos son los Béla Lugosi ecuatorianos.

Conforme se develan las verdades detrás de su desaparición nos encontramos con que ni es un taxista ni son unos secuestradores, sino jóvenes del mismo círculo social de Karina. En los días más recientes esta revelación hace que nuestra sociedad encuentre otro culpable: los adolescentes y jóvenes, que vienen ahora a interpretar el tan necesitado papel de villano.

Sean o no estos jóvenes los responsables de la muerte de Karina,  este caso nos dice  algo más, ya que desde la espontaneidad de las distintas reacciones aparecen expresiones muy propias de nuestra idiosincrasia: la culpa siempre es de otro y yo no tengo nada que cuestionarme. El filósofo italiano Giorgio Agamben dice en su obra Infancia e Historia, que en la actualidad se da un fenómeno bastante común, donde el adulto critica y culpa al joven por su forma de vivir, sin caer en cuenta de que es el adulto quien ha construido e impuesto las lógicas bajo las cuales los jóvenes se desenvuelven.

El caso de Karina del Pozo podría despertar en nosotros varias lecturas, que podrían ir desde la violencia hacia la mujer, la doble moral, en fin, pero entraremos esta ocasión en una lectura que no pasa por la anécdota de una tragedia ni la indignación que se despierta al ver el noticiero y se apaga al acostarnos. ¿No nos trae señales, acaso,  sobre algo que sucede al interior de la comunidad joven?   ¿Nos compete esto a los adultos, a “los grandes”? 

Tal vez algunas de nuestras responsabilidades se relacionan con algunos cambios que hemos realizado en la normativa actual. En los últimos tiempos hemos regularizado el interior y exterior de nuestras vidas, como por ejemplo la limitación de los horarios de las discotecas, la desaparición de los casinos, la sanción hacia quienes consumen licor en la calle, la prohibición de beber los domingos, la cancelación de la fiesta taurina, el cambio de las bandas de guerra por la bandas de paz,  el incremento en los impuestos y valores del alcohol y el tabaco, junto con una agresiva campaña antitabaquismo, entre otras cosas. 

Las buenas intenciones detrás de estas medidas, apuntan desde el discurso oficial a un mejoramiento de la salud,  de la convivencia entre los ciudadanos, la elevación de la productividad en el trabajador y el estudiante o la reducción de los accidentes de tránsito, etc. Dichas normativas, impuestas o acordadas, son prohibiciones, que nos afectan a todos, pero principalmente a los jóvenes, ya que estas normas, entre otras, tienen mucho que ver con los espacios en los que los jóvenes se desenvuelven.

Una regulación de nuestra vida social, es decir en nuestro mundo exterior, muy seguramente afectará a nuestro mundo interior, en nuestra vida psíquica. Una posible lectura de estos efectos podría dárnoslo el padre del Psicoanálisis, Sigmund Freud. En su obra clásica Más Allá del Principio del Placer, nos dice que en el ser humano viven dos fuerzas determinantes: la pulsión de vida y la pulsión de muerte

La pulsión de vida es una fuerza a nuestro interior que nos lleva al cumplimiento de algunos de nuestros anhelos, como el deseo vivir, estudiar una carrera, seguir una profesión, tener una familia, procrear hijos, para de una manera simbólica vivir a través del otro, ya que llevamos presente ese deseo profundo de nunca ser olvidados. 

Pero Freud también nos habla acerca de una pulsión de muerte, de una energía que nos lleva a la autodestrucción y  la violencia hacia  el prójimo y  nosotros mismos. Algo que es importante, es que la pulsión de muerte existe en todos nosotros y no es necesariamente algo patológico de la condición humana, sino que es parte de nuestra construcción cultural, ya que necesitamos morirnos un poco, a través de ciertos actos, para que nuestra existencia sea más soportable.

Por tanto nuestra cultura ha creados rituales y costumbres, unas más cuestionables que otras, que subliman esta pulsión de muerte, pero ¿Qué sucede cuando estas actividades dejan de existir o son perseguidas?  ¿Acaso la pulsión de muerte desaparece?  Para el psicoanálisis la pulsión de muerte no desaparece, se reprime, pero sin la existencia de una forma de expresión culturalmente aceptada, la pulsión de muerte no es cancelada, en su lugar busca otros caminos más brutales y violentos, como lo sucedido con Karina.  

Es indiscutible que los códigos de convivencia que existían hasta hace poco planteaban otras vulnerabilidades y síntomas en la juventud, pero como solía decir Françoise Dolto, “menos mal y portamos el síntoma para poder sobrellevar en algo nuestro malestar”. En este afán de mejoramiento, de cambio, de revolución, la normativa se podría generalizar en una expropiación de los espacios sociales, y un vacío en el intercambio: quitamos pero no damos algo en su lugar.

Quienes más pierden en estas ausencias son los jóvenes, y el caso de Karina no es uno entre otros, porque cada caso es particular, sin embargo ya existen signos de los cuales debemos preocuparnos, porque los adultos estamos bastante embarrados de responsabilidad. Exiliamos un lugar para los jóvenes, exiliamos además un lugar para la pulsión de muerte y la agresividad, expropiamos también los espacios de sublimación, viviendo en una represión “obligada” que nos lleva a la crueldad. Eso sí, de lo que siempre disponemos es de un patíbulo para los culpables.

Muy probablemente para crear nuevos espacios debemos preguntarles a quienes nunca les preguntamos nada, los jóvenes. Salir de una escucha retórica a una escucha seria, donde por fin le abramos espacios para que surjan preguntas, para que surjan propuestas…

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